jueves, 5 de mayo de 2016

Encuentro casual

Nos vimos sin querer; nos chocamos en un mar de gente acumulada por la desesperación del reloj que ataba nuestros destinos a la rapidez de su presuntuoso frenesí. Jamás nos habíamos visto pero sabíamos que nuestros caminos necesitaban conectarse esa mañana de otoño. 

Por primera vez en el año, el tiempo fue mi enemigo y jugándome una mala pasada decidió adelantarse para que empiece la mañana a los tropezones. No estaba en mi cuadrante de vida, de rutina consagrada, llegar a ese horario pero siempre hay una razón para ello. El día parecía haber empezado de mala gana hasta que te vi, entrando por la puerta mas grande, por la puerta del destino. Mientras caminabas iluminabas a las personas. Te veía moverte entre las multitudes de almas coloreandolas con tu magia desenfrenada, aquella frescura inmaculada en tu mirada, en tu belleza. Es que no dejabas alma sin darle color, no dejabas alma sin alegrar. Eras hermosa siendo vos misma y lo mejor de todo es que pude verte, pude disfrutar de los colores que inundaron mi ser para darle un toque de energía a mi malparido día. Rompiste el hechizo del mal día con tu infinita singularidad y solo basto mirarte para darme cuenta que era necesario verte, estabas predestinada a cruzarte conmigo o, mejor aun, estábamos predestinados a cruzarnos porque sin querer (o queriendo) dejaste salir de tu precioso rostro la mueca de la felicidad, magnifica sonrisa.

Fue el mejor viaje en ascensor que jamás en la vida pude haber tenido y lo mejor de todo es que no espero volver a verte, no quiero romper con la esencia que aquel día marcaste en mi. Quiero recordarte siendo aquello que alegro mi mañana, que dio color a mi vida, que secó mis lagrimas y suturo, aunque sea solo por aquel día, mi dolorido ser. Fuiste lo mejor de la semana y necesitaba escribir sobre vos, sobre tu energía y tu magnifico don de colorear. Espero que sigas dándole color a la vida y que nunca, pero nunca dejes de ser vos misma. Simplemente gracias y hasta siempre. 


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